Lotes de Navidad. Este año me han dado cesta de Navidad. 

El obsequio navideño por excelencia para los empleados, un detalle muy apreciado.

Mucha gente dice que no le gusta la Navidad. Gastos extras, compras, comilonas, compromisos, reencuentros familiares, cenas… Pero ninguno dice no a la paga extraordinaria, las fiestas y la cesta de Navidad. Por esas fechas, en el ir y venir vespertino entre compras y el trabajo, se ve a más de uno portando, no sin esfuerzo, una caja de cartón decorada de forma característica. Piensas: “¡Qué suerte!”, pero su cara, que le llega hasta el suelo, transmite cierto desencanto, porque va pensando lo fastidioso que resulta cargar con la dichosa cesta en el metro –que está abarrotado– y encima, viene deslomado de trabajar.

Llega a su estación de destino, desciende del vagón no sin realizar ciertos ejercicios de malabares para lograr salir a tiempo, sin caerse y sin partirle la espinilla a otro viajero. Por no entretenerse a discutir, más que nada. Con la celeridad y a la vez contención de un corredor de marcha, consigue una buena posición en la escalera mecánica, en el lado derecho para dejar a los afortunados que no llevan peso subir ágil y rápidamente a pie. Tras realizar de nuevo un espectáculo casi de funambulismo para pasar por los tornos de salida sin que se le caiga la bufanda, el abrigo y la dichosa cesta, logra llegar a la superficie, pero aunque está sudando, tiene que parar para ponerse el abrigo y la bufanda, pues el tiempo no acompaña. Unos cuantos obstáculos más entre viandantes, motos y cochecitos de niños, y por fin, llega a casa.

Como quien alcanza la meta de un concurso televisivo lleno de hitos intermedios, muestra a la familia el trofeo: la preciada –ahora sí– cesta de Navidad. Simulando el bolso de Mary Poppins, nuestro viajero va sacando uno a uno, cada elemento sorpresa de la caja: una lata de espárragos de Navarra, un frasco de bonito de Ondarroa, un surtido de polvorones, mazapanes de Sonseca, turrón de Alicante, embutidos ibéricos, queso, vinos y licores. Cada uno de los productos que saca es recibido casi con ovación por su familia. Y es que, al final, una cesta de Navidad es un obsequio bien avenido siempre. Olvidado queda el paseo con ella hasta casa. Porque nos ahorra muchas compras, por el factor sorpresa y por el detalle.

 
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